07/08/2025

A veces es un sueño, una imagen, una intución. Cuando estamos despiertos , y con la conciencia abierta y conectada, las respuestas aparecen, sin más.

De niña solía estar enferma.

Mis padres me llevaban a menudo a la consulta del Dr. Faustino Lavanda, más conocido en mi casa como «Don Faustino», que hoy, sin motivo aparente, ha venido a mi memoria.
Ejercía en un piso en la calle Galileo, en pleno centro de Madrid. Era un lugar oscuro, lúgubre, con muebles de caoba, cortinas de terciopelo, muchos libros y títulos colgados en todas las paredes. Todo estaba cubierto por una espesa capa de polvo que también se percibía en el ambiente, impregnado del olor a cerrado y de la peculiar fragancia de aquel hombre.
Mis padres lo idolatraban desde que, tiempo atrás, hubiera curado a mi madre de una extraña dolencia que la sumió en la inanición, los vómitos y el adelgazamiento extremo.
Cuando acudíamos a su consulta, «la tarde estaba echada». Yo sabía que volveríamos a casa de noche y de mal humor. Pese a ello, éramos fieles a cada cita. La sala de espera no solía estar muy llena y, sin embargo, tardábamos varias horas en ser recibidos.
El Dr. Faustino era un ser encogido por la edad, pero conservaba un brillo alegre y curioso en sus pequeños ojos. Sus labios parecían desdibujados, pero eran amables, suaves y redondeados, al igual que su escaso pelo blanco, engominado.
Su ademán era cercano y cálido. Nos recibía en pie, nos daba la mano —a mí también— y se repanchingaba en su butacón, dispuesto a escuchar.
Tomaba algunas notas, con letra pulcra y apretada. Interrumpía escasamente y, al final, siempre sonreía.
Después de visitar a varios pediatras de renombre, fue el Dr. Lavanda quien me curó.
No solo sus contrastes baritados, cuyo sabor nauseabundo aún puedo paladear, le ayudaron a ello. Estoy convencida de que fue esa intensa escucha presente, con los ojos entrecerrados, la que le permitía encontrar el «fallo». El cariño humano y la tranquilidad que destilaba, las que le ayudaban a sanarlo.
Hoy sé que, además de sanador, para mí fue inspirador. La súbita aparición del recuerdo de su figura en mi mente me ha reencontrado conmigo misma y reconciliado con el médico que soy, disipando y entendiendo todas las dudas que el sistema me genera.
Aceptar. Honrar. Agradecer.
Nayara Panizo González

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