20/08/2025

El verano y sus reencuentros, ofrecen innumerables oportunidades de observación de todo tipo.

Este verano, las palabras y su energía, están siendo objeto de mi observación consciente, y una gran fuente de aprendizaje, camino y sentido.

En las palabras veo vibrar el pensamiento y su energía. Configuran nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Ya sea en forma oral o escrita, una misma palabra puede acariciar el alma o arañar el papel, dependiendo de la energía en la que vaya envuelta.

Los pétalos de energía que envuelven las palabras que  a su vez conforman los ramos de la comunicación, son de colores y texturas diversos. Tan diversos como los individuos que las emiten o reciben, y sus cambiantes estados energéticos.

Esos colores y texturas son los matices que les confieren cualidades como la entonación, la cadencia, el volumen… y ¿Cómo no?  los gestos que los acompañan.

La mirada, el movimiento, y hasta la postura corporal en las que se embeben, son transmisor inequívoco de esa energía.

Hay palabras automáticas, huecas, esquivas.

Hay palabras lapidarias, determinantes. Palabras que todo lo cambian.

Hay palabras que educan, y palabras que hieren.

Las mismas palabras pueden lograr efectos opuestos según esos matices.

Esa fuerza individual que confiere a cada palabra, en cada momento, su individualidad, su verdadero valor, más allá de su significado. Más allá del valor colectivo del lenguaje y sus convencionalismos. El lenguaje imitado, mimético. El lenguaje con su imprenta geográfica y sociocultural.

La palabra rompe, la palabra construye.

Y sin embargo, pocas veces somos conscientes de su poder.

A menudo nos arrepentimos de ellas nada más pronunciarlas. Con frecuencia las palabras, como los pensamientos, parecen dominarnos, poseernos, escapar de nuestro control, como escapa de nuestro control el efecto que en nosotros tienen los discursos ajenos. Su impacto.

Difícil dilucidar a posteriori, de quién es la responsabilidad de un intercambio de palabras de esos que destilan dolor y resentimiento.

Puede que de ambas partes y de ninguna.

Cada individuo, en cada una de sus interacciones, pero en especial en aquellas con mayor carga emocional, por el vínculo o el contexto, despliega, a menudo sin ser consciente, todo un elenco de cargas, juicios, creencias y miedos, orquestados por el ego. Reacciones.

Cuando no somos conscientes, como suele ser lo habitual, esas reacciones pueden escapar a nuestro control y envolver los pistilos del mensaje que se emite o recibe, de pétalos ásperos y marchitos. Desagradables. Dañinos.

Si nos fijamos bien, es fácil constatar cómo las interacciones amigables y exitosas, que a su vez elevan la energía de los interlocutores, están con mayor frecuencia más reflexionadas. Nos lo pensamos dos veces antes de ofrecer, validar, amar, mientras reprochar, juzgar e interpretar son frecuentemente reacciones en automático.

El silencio también puede ser elocuente .

Hay individuos que se comunican en silencio, y hay otros que aun haciendo uso del lenguaje, no logran una comunicación eficaz, o al menos no a través de él.

Hay personas que pueden comunicarse simplemente con los matices. La mirada, los tiempos, los gestos, hasta la cadencia respiratoria. Lástima que no siempre encuentren interlocutores con la paciencia suficiente para  leer entre sus líneas.

El silencio, en su elocuencia, al igual que las palabras, también puede ser al tiempo dañino y sanador, en función de los matices en los que vaya envuelto.

Nos cuesta leer el silencio, casi tanto como mantenerlo e invocarlo cuando se le necesita. A veces es lo único que se necesita.

El silencio es una de las fuentes a las que acudir a rellenar nuestro pozo de energía, para que esta sea óptima, sana.

Silencio, descanso, hidratación, nutrición (merece capítulo aparte, no solo el alimento nos nutre y no todo alimento nos proporciona energía, muchos consiguen exactamente lo contrario), necesidades básicas verdaderamente cubiertas en lugar de enmascaradas o postergadas como hemos aprendido a hacer desde niños.

La falta de conexión con nuestras necesidades esenciales subyace, en mi opinión, a esa energía gastada en la que florece el discurso tóxico, hacia los demás y hacia nosotros mismos, y a la sensación de frustración cuyo origen tampoco somos capaces de identificar con claridad, y tendemos a situar fuera.

Pero podemos recuperar tanto la conexión como la energía, y no es complicado.

Siempre estamos a tiempo de escucharnos, validarnos y maternarnos, recuperando esa sabiduría interna de nuestro cuerpo, que hemos ido perdiendo con el desarrollo hipertrófico del pensar analítico.

Silencio para escucharnos, desintoxicarnos, y solo desde ahí poder vernos. Poder mirar y ver a nuestro alrededor, y descubrir la esencia detrás de las palabras.

Nayara Panizo

Deja un comentario

Para cumplir con lo estipulado en la Ley 3/2018 de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales, te informamos de que al enviar el formulario de contacto, nos das tu consentimiento explícito para registrar tus datos personales en nuestro fichero, con fines informativos y propios de la gestión de Camino de Ida y Vuelta, y que el titular de la gestión es Camino de Ida y Vuelta. Tienes más información en la página de Política de privacidad: Tu privacidad es nuestra prioridad.