07/11/2024

Vino a mis manos cuando rebuscaba en el armario una carpeta o portafolios con la que proteger del barro los carteles y avisos que improvisé en mi noche de insomnio tras mi primer día en el Colegio Ausias March en Paiporta.

Este colegio había sido reconvertido horas atrás en hospital de campaña por un destacamento de la legión, desplazado desde Andalucía.

El intenso cansancio, tras el día más extraño de mi vida, no eran suficientes para detener la actividad mental incesante en busca de soluciones y áreas de mínima mejora del caos, en medio del cual trabajamos mis compañeros y yo, como tantos otros en los distintos puntos, desde que todo pasó. Se me ocurrió crear unos cartelitos organizativos e informativos y llevar impresa una cita inspiradora que me pareció de ayuda para todos en un momento así, como lo fuera para mí en otros momentos difíciles.

Así apareciste tú, saliendo de tu escondite en el armario y decidí que también tú estarías en esas paredes.

En mi equipo éramos médicos, enfermeros y técnicos en cuidados auxiliares de enfermería, que pese a estar registrados desde el primer día como voluntarios sanitarios en los sistemas oficiales, habilitados una vez trascurridos varios días desde el suceso, aún no teníamos instrucciones.

Ante la impotencia de la inacción y la frustración que surgía por la ineficacia en otras tareas, se fueron creando decenas de grupos y subgrupos de wassup de sanitarios voluntarios. Como imagino que sucedió en todos los sectores profesionales.

En ellos nos fuimos organizando por regiones afectadas, coches disponibles y disponibilidad horaria, para disponer de plantillas equilibradas de todos los estamentos ,hasta desplegar una red que ha cubierto todo el área afectada, dando apoyo en los centros de salud, creando nuevos puntos de asistencia sanitaria y sobretodo asistiendo en domicilios, llamando a las puertas y recogiendo avisos en la calle.

Aquel martes 5 de noviembre, 7 días que parecían 7 años tras la tragedia, yo y mis compañeros llegamos en 2 coches llenos solo en el turno de mañana (más tarde llegarían otros dos), tras más de 2 horas de atasco y el miedo de que no nos dejaran acceder pese a nuestro improvisado distintivo de vehículo sanitario y nuestros salvoconductos caducados.

Todos llegamos allí tirando de permisos, días libres, o salientes de guardia, con nuestros cuerpos inhabituados cansados tras un largo fin de semana de kilométricas caminatas con las mochilas a reventar de víveres, y las largas horas moviendo enseres, empujando barro o achicando agua, pero sobretodo nuestras mentes saturadas de pantalla, detalles que recordar, cosas que comunicar a unos y otros y de insomnio, mucho insomnio.

Pese a ello, la energía y las ganas de ayudar, por fin haciendo lo que mejor sabemos hacer, eran la nota imperante en medio de la siniestra melodía de fondo.

En estos días hemos organizado la ingente cantidad de medicación donada. Hemos suministrado con cuenta gotas lo que la población nos iba solicitando, de vuelta de su paso por las “colas del hambre” en las que reciben comida y productos básicos. Hemos atendido y tratado traumatismos, afecciones y heridas, en su mayoría con componente infeccioso asociado, fruto de un ambiente profundamente insalubre, la imposibilidad de mantener un mínimo de higiene, y la exposición durante horas o días al barro, la humedad, la intemperie, y un sin fin de focos de microorganismos patógenos. Pero sobretodo hemos sostenido almas. Almas que parecían querer escaparse de los cuerpos y así poder respirar, dejar de sufrir, volver atrás, volver con los suyos…

No solo el equipo sanitario militar y civil hemos trabajado en estos improvisados centros asistenciales. Otro tipo de voluntarios no sanitarios o no valencianos, nos duplicaban en número y se ponían a nuestra entera disposición.
Psicólogos de la organización humanitaria mexicana CADENA (Comité de Ayuda a Desastres y Emergencias Nacionales), técnicos sanitarios de emergencias de HCA Formakuntza, venidos de Guipuzkoa equipados con todo aquello de lo que nosotros carecíamos, desplegados en la zona actuando en todos los frentes y lo más sorprendente, estudiantes universitarios y otras personas del pueblo, afectados de lleno por la tragedia. Víctimas y voluntarios a la vez, se encargaban de que dispusiéramos de todo lo necesario y se preocupaban en todo momento por nosotros, como si fueran importantes cuestiones como que comiéramos caliente.

Hablo en pasado por que hoy 7 de noviembre la situación ha cambiado, la Consellería de Sanidad asume el control del centro y ha habido que prescindir de todo ese personal ajeno. Yo tampoco he sido convocada hoy.

Para nada somos héroes, pese a que las miradas, gestos y palabras de profunda gratitud que recibimos, nos tienten a pensarlo. Los héroes están ahí, en esa orilla del rio. Hay uno en todas y cada una de las historias que he escuchado estos días. Se han aferrado a la vida propia y ajena y en muchos casos la han salvado. Los que nos llegan se han salvado, han sido salvados, o han salvado a otros. Han vivido el horror, el miedo, el abandono y la destrucción total y nos sonríen. Y siguen adelante. Viven sin agua corriente y apenas suministro eléctrico. Trabajan sin descanso para recuperar lo poco que queda, hacen colas kilométricas para recibir lo más básico. Acogen en su casa a los que ya no tienen la suya. Se toman la molestia de acudir a pedirnos ayuda o medicinas para sus vecinos mayores o discapacitados incomunicados. Todos expresan agradecimiento por estar. Todos saben que hay quien necesita más, quien está peor, quien no está.

Del “lado bueno” del río también hay sufrimiento y muchísimo sobreesfuerzo. Los sanitarios duplican sus turnos, absorben la actividad de las zonas arrasadas y reciben nuestros traslados con plantillas muy reducidas por la catástrofe y el ánimo por los suelos. Sienten que no ayudan donde quisieran ayudar o que no hacen lo suficiente si no están del otro lado. Lamentan pérdidas propias y ajenas.

Hablo del sector sanitario por ser el que mejor conozco pero imagino que es extensible a todos los sectores.
Muchísimos comercios y restaurantes han cesado por completo sus ingresos, que no su actividad, que ahora es frenética, reconvertidos en centros de recogida, trasporte y distribución de alimentos y productos básicos.

La solidaridad se extiende como una gota de aceite. Aunque es muy difícil imaginar lo que aquí se está viviendo, por muy impactantes que sean las imágenes que están dando la vuelta al mundo, no hay rincón de España que no se esté volcando en aportar su granito de arena.

Y con eso me quedo, con la solidaridad, y no con el desencanto con el sistema y la lentitud de puesta en marcha de los engranajes administrativos, ni mucho menos con la crispación política. No alcanzo a entender por qué la humanidad y la altura moral que demostramos como individuos, se diluye cuando dejamos de serlo para ser parte de un engranaje social, y lo hace proporcionalmente al tamaño del mismo hasta prácticamente desaparecer. Pero no hay energía ni tiempo que perder en la confrontación, hay que aunar fuerzas para la acción, tal y como lo está haciendo la población en su conjunto, desde su individualidad y su capacidad para organizarse y unirse en la adversidad.

En eso me apoyo, y aunque al principio tras cruzar la pasarela sentía asco de mis pertenencias y comodidades y miraba con recelo a quienes disfrutaban de un tentempié en una terraza, he aprendido que ese pensamiento además de ser un juicio vacío y osado, solo alimenta la destrucción.

Valencia está sumida en la tristeza y el caos pero solo puede salir de él mirando hacia delante.

Conviviendo con la desgracia. Viviendo con tristeza y vacío, pero viviendo. Alimentando la vida y la actividad económica. Apoyando más que nunca el comercio local. Valorando cada cierre que se abre, intentando que ninguno se cierre. Entre todos.
Como ahora.

Sé que por eso esta pintura apareció en mis manos justo en ese momento, saliendo de su paciente escondite a la espera de ser enmarcado. Vaticinaba lo que iba a vivenciar, lo más grande que tiene el ser humano. Su capacidad de amar. Su capacidad de dar. Esta lámina nos ha acompañado aunque nadie la haya mirado entre tanto ajetreo.
Colgado con esparadrapo en el pasillo de entrada al lugar que jamás olvidaré, contemplando con sus 4 ojos a todos los que nos han regalado la oportunidad de ayudar en algo y el privilegio de sentirnos útiles.

Gracias.

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Pintado por un paciente renal, Bolumar, regalo de la asociación ALCER Castalia.

Bolumar y la Dana

Pintado por un paciente renal, Bolumar, regalo de la asociación ALCER Castalia.

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